Universalizar el derecho a la familia

Quienes dedicamos buena parte de nuestra actividad política a defender el principio de que todas las personas nacen libres e iguales, en dignidad y derechos, tenemos un importante éxito que celebrar:


La cámara legislativa del Distrito Federal de México ha aprobado una reforma legal que suprime la discriminación jurídica de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales a la hora de acceder a la protección jurídica de sus familias, permitiéndoles por fin, contraer matrimonio, en condiciones de plena igualdad al de las personas heterosexuales.

Una excelente noticia, que nos llega escasos días después de conocerse la aprobación de una reforma de similares características, en el Estado homólogo de su vecino del norte: en Washington DC, la capital federal de los Estados Unidos de América. Un excelente doblete, en menos de siete días.

Excelente, porque el respeto al derecho de las minorías, es la mejor salvaguarda para las libertades civiles del conjunto de la sociedad.

Las voces de la reacción

No ha tardado, eso sí, en llegar a los medios de comunicación, el amargo llanto de las voces que nos advierten acerca de «la destrucción de los valores de la familia tradicional», «del gravísimo pecado inherente al hecho de legislar contra la ley natural de las cosas», «de la perversa influencia ejercida por el Lobby Gay sobre la clase política de nuestras naciones», etc.

Y en todos esos argumentos, destaca uno, por lo evidente de su carácter falaz: «el matrimonio es una institución destinada a procrear, y como tal, sólo se da entre un hombre y una mujer».

Las injerencias eclesiásticas

Ante todo eso, me asaltan algunas preguntas: ¿Acaso carecen de validez canónica los matrimonios celebrados entre personas que ya no se encuentran en edad de procrear? ¿Será que las familias heterosexuales en las que alguno de los cónyuges padece una circunstancia médica que les impida concebir, no son, en realidad, verdaderos matrimonios? ¿Con qué autoridad y coherencia ética puede un supuesto célibe, soltero y sin hijos, pontificar sobre lo que es y lo que no es formar una familia?

Mas, he ahí la frasecita de marras: «el matrimonio es una institución destinada a procrear, y como tal, sólo se da entre un hombre y una mujer».

Lo cierto es que nos encontramos a principios del S. XXI, y que de un modo lento, pero inexorable, buena parte de la Humanidad se encuentra en vías de superar la dolorosa ignominia de la discriminación por criterio de identidad u orientación sexual.

¿Se imagina negar a las personas de origen africano la posibilidad de contraer matrimonio? ¿Puede alguien sostener que las personas de origen hebreo no pudieran acceder a la Sanidad Pública? ¿Se imagina que las mujeres no pudieran ejercer su derecho al voto? Pues bien, al igual que la raza, la etnia, el credo o el género no son criterios razonables para la limitación de los derechos y libertades civiles, la condición sexual tampoco es un criterio justo en base al que discriminar entre seres humanos.



«La institución del matrimonio» ―dicen―, pero estamos en 2010 y 2010 no es 1910; como 1910 no fue 1810; ni 1810, 1710.

Nos encontramos a principios del S. XXI y ha llegado el momento de que el 100% de la población pueda acceder a la «institución del matrimonio», la llave del reconocimiento universal de la protección jurídica de todas las familias. Del mismo modo que a principios del S. XX se luchó para que la «institución del voto» dejara de excluir al 50% de la ciudadanía, a través del paulatino reconocimiento del Sufragio Universal. Del mismo modo que a principios del S. XIX se luchó para abolir la «institución de la esclavitud». Del idéntica forma como a principios del S. XVIII se luchaba contra la «institución de la monarquía absoluta».Como desde el S. XVII se hacía contra la «institución del expolio colonial»… instituciones todas ellas, que debieron evolucionar o extinguirse ante el triunfo de la Razón Ilustrada.

Respeto democrático

A quienes se empeñan en tildar al progreso de «totalitarismo laicista», o improperios de similar pelaje, sepan que el recurso a la violencia no es una de nuestras señas de identidad; sepan, que las reformas legales se han adoptado y se seguirán aprobando en paz, merced a personas, partidos y programas valientes, sometidos procesos electorales auténticos y siempre en sede parlamentaria.

Quienes mantengan una visión tradicional-conservadora de la sociedad, son libres de mantener sus posiciones, por extemporáneas e injustas que nos puedan parecer… después de todo, ni siquiera un millón de discriminadores conseguirá jamás que los relojes marchen hacia atrás.

Sepan, que nuestro derecho a existir, no es contra nadie. Que nada ajeno se ve amenazado por el hecho de compartir, en pie de igualdad, el mismo planeta y la misma época, formando parte de la misma sociedad. Familias las hay tan diversas como individuos… y todas ellas merecen respeto.

Nuestra libertad no es contra nadie: al contrario, al diversificar sus formas, la existencia misma de la familia no sólo no se ve amenazada, sino que se consolida como un factor de cohesión y seguridad social, fundamentado en el amor, la cooperación y la convivencia.

Atrás quedaron los tiempos de obligar y prohibir, en materia de libertades civiles, estos son tiempos de reconocer, y a lo sumo: educar, regular y garantizar.

Un recuerdo al compromiso militante

Y recordar aquí, a los millones de seres humanos que a lo largo de la Historia, sufrieron bajo el peso de la ignorancia hostil, de los dogmas irracionales, de la injusticia con rango de Ley, y demás formas de machismo, transfobia, bifobia y homofobia.

Recordar el compromiso ejemplar de los pueblos holandés, español, belga, canadiense, sudafricano, noruego, sueco y de todos los que vendrán.

Recordar a los miles de mujeres y hombres que lucharon por el fin de la discriminación y el valor de la fraternidad; el heroísmo de activistas LGTB anónimas y conocidos, como: Óscar Wilde, Federico García Lorca, José Pérez Ocaña, Jordi Petit, Carla Antonelli, Leopoldo Alas Mínguez, Boti García, Kim Pérez, Empar Pineda, Beatriz Gimeno, Shangay Lily, Pedro Zerolo y tantas y tantos otros, imposibles de enumerar.

Toda discriminación legal es incompatible con la decencia cívica.

Para terminar, un recuerdo a las palabras del discurso que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero pronunció ante el plenario de las Cortes Generales, el día en que España aprobó reforma de su Código Civil, para la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. El presidente dijo entonces: «España es hoy un país más decente», bien, parafraseándole: México D.F. es hoy, un estado más decente.

¡Enhorabuena y que cunda el ejemplo!

Jaume d’Urgell

Grupo LGTB-PSM

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