Ser Joven y LGTB

Ya sólo con el título, partimos de la premisa de que lgtb se es. Desde luego, es una buena pregunta. Simone de Beauvoir dijo que las mujeres llegaban a serlo, porque había una construcción creada en torno a las mujeres que excedía a la diferencia puramente sexual.

Sobre las sexualidades se han escrito ríos de tinta. No sólo me refiero a esos estudios graciosos que leemos de vez en cuando que relacionan la forma de las manos, o de los lóbulos de las orejas, con la orientación de una persona; es más, se ha escrito mucho más sobre qué significa ser lgtb que buscando una explicación a la orientación sexual de las personas.

Hay quien ha querido llamar a los gays, lesbianas y bisexuales el tercer género. Y si el género es una construcción social, desde luego, acierta. Tenemos una enorme construcción social creada en torno a nosotros, un sinfín de expectativas creadas en torno al colectivo lgtb, por el mero hecho de ser una minoría. Parte de esto viene de fuera, del desconocimiento, y otra parte, todo hay que decirlo, viene de dentro.

Vamos con el otro enunciado, sobre ser joven. Cada vez que hay un relevo generacional, sabemos que algo va a cambiar. Desde luego, esperamos que no cambien sólo los nombres, queremos que el relevo se vea justificado por una reflexión, por un posible cambio en el rumbo.

Los jóvenes lgtb no sabemos qué nos espera. Vamos a heredar una realidad que lleva existiendo siglos y siglos, que se constituyó como movimiento social hace unas décadas, y que ha conseguido más en los últimos años que en toda su historia anterior. No pretendo magnificar ni dramatizar; esto es así. Si hace seis o siete años me hubieran preguntado si creía que a partir de 2005 yo podría casarme en mi país, habría respondido firmemente que no. Y las revoluciones son contagiosas, y después de nuestro país, han venido Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia y Argentina.

Esta lucha partió desde un mundo propio, de una cultura propia. No éramos una tribu urbana, porque la sexualidad no es una forma de vestir; la heterosexualidad, mismamente, no es una tribu urbana. Pero tampoco ha tenido motivos para serlo. Mirad, hay un dicho, más bien una dedicatoria de las que nos escribimos en las carpetas cuando tenemos quince años, que quizá lo ilustre bien. Si la vida te da la espalda, tócale el culo. Y sí, ésa es parte de la historia del movimiento, que siempre ha sido pacífico, que siempre ha sido desenfadado, y que siempre ha ido de mano de la tolerancia. Ante la imposición, hemos creado un mundo propio, y ante la invisibilidad, creo que nuestra bandera también lo ilustra, hemos sido intencionadamente coloridos y vistosos.

De un día para otro, la sociedad deja de darnos la espalda, por lo menos a través de las leyes. Y aquí llegan las preguntas que nos tenemos que hacer los jóvenes. Como movimiento, tenemos un pasado, un mundo propio, creado cuando de ninguna manera nuestras vidas eran habitables fuera de él. Y de repente, aparecen ante nosotros muchas otras oportunidades, otras mil formas de reivindicar, de ser visibles, o de, simplemente, ser, y tenemos que pensar en qué dirección caminar, porque nos va a tocar a nosotros.

Voy a reservar mi opinión para más adelante, porque de momento sólo pretendo plantear unas reflexiones. Pero no sabemos si dentro de veinte años actividades como el Orgullo van a seguir siendo necesarias. Ojalá sí, o quizá lo que estoy diciendo sea una locura, pero teniendo antecedentes como la reforma del código civil tan reciente, no sabemos si no vamos a poder vivir la igualdad social –entendedme, por lo menos, en las grandes ciudades del primer mundo, porque esta lucha se realiza a varias velocidades, pero estoy hablando en clave de Madrid-. Parece que hemos roto la barrera de la visibilidad, que ha sido algo difícil, y que ha llevado, como he dicho, décadas. Hemos conseguido lanzar el mensaje de que existimos, de que somos muchos, que estamos por todas partes y que no entendemos de razas, clases ni credos. Ahora que somos visibles, y que hemos establecido la comunicación, llega otra tarea igual de difícil, que es saber qué queremos decir, y decirlo de una forma que la gente lo entienda.

Somos visibles, estamos trabajando por la igualdad también social, pero parece que las instituciones nos tienden la mano. ¿Ha llegado el momento de decir adiós a nuestro mundo propio? ¿A la bandera, al himno, a los chicos sin camiseta subidos sobre carrozas, al barrio donde nos hemos recreado, durante tanto tiempo, en aquello que se había construido en torno a nosotros? Esto es decisión nuestra.

He comentado antes que esta lucha se realiza a varias velocidades. Aquí vienen, en gran parte, la mayoría de los conflictos del tejido asociativo lgtb, y aquí entra en juego también nuestra empatía y nuestra sensibilidad. Las ambiciones de igualdad son las mismas para un varón homosexual, blanco, digamos burgués, afincado en Madrid, que las de una mujer, de algún pueblo pequeño, y bisexual, pero sus realidades son muy diferentes. Por este motivo, es muy difícil definir en qué punto nos encontramos, y establecer acciones comunes, u objetivos a corto plazo. Pero son muy necesarias.

Sin ir más lejos, ¿tiene sentido seguir hablando de tolerancia? ¿Queremos que nos toleren? Yo no. Tolerar es respetar, es convivir con personas cuyas actitudes o creencias no compartimos, o no entendemos. Y quizá sea un buen punto de partida, pero en esto sí, tenemos que exigir más. Yo no quiero que la gente sonría con condescendencia al enterarse de que mi pareja es un chico; quiero estar seguro de que saben que somos tan pareja como cualquier otra, que no tienen nada que tolerar ni que consentir. Por eso en el activismo, hoy, ya no hablamos de tolerancia, hablamos de diversidad. Y algún día, y depende completamente de nosotros, quizá en lugar de hablar de diversidad, tengamos que pedir conocimiento de causa.

Me gustaría hacer una reflexión sobre qué es la cultura, y de los usos que hacemos de ella. Vamos a pensar en una cultura mayoritaria, ¿cuántos españoles son en realidad católicos, católicos practicantes de verdad, y no sólo la media hora que dura la misa un domingo? No sé si llegará, no sé, ¿al cinco por ciento? Con la Semana Santa pasa algo parecido. La religión es lo último en lo que se piensa. ¿Cuántos de los que celebraron el Mundial de España eran aficionados al fútbol? Yo lo hice, y desde luego, creo que no he visto un partido de fútbol entero en mi vida. Son tradiciones, o atracciones. Las minorías hacemos un uso parecido, pero diferente, de la cultura. La cultura es un punto de encuentro para la pertenencia. Un ejemplo de culturas en la minoría: que una mujer, de un país árabe, quiera llevar un pañuelo en la cabeza, ¿quiere decir que sea practicante del islam? Yo creo que no: creo que se encuentra en un lugar donde se siente diferente, y su pañuelo le ayuda a recordar quién es, y de donde viene, digamos, es la nostalgia de un lugar donde ella era una más.

Ahora sí, ¿qué quiere decir ser lgtb? Cuando le toca a uno mismo, lo sabemos. Ser uno más, exactamente igual que los demás, pero en una situación diferente. Y quizá tuvimos, o tenemos, que elegir ser diferentes para que se nos viera, hasta el punto de que alguien ahí fuera pensara que sabía que nos conocía. Creedme: hay quien todavía lo piensa. Hay para quien la sexualidad es una categoría, algo que nos va a definir sistemáticamente, por el simple hecho de que es minoritaria. Son muchas personas, tolerantes o no, las que, si nos definen sólo con una palabra, dirán: lesbiana, o gay, y que pensarían que, sólo con eso, todo está resuelto.

Compañeros, ser jóvenes implica que quizá nos toque a nosotros explicar que no es así. Que no hay una filosofía de vida, una actitud, una forma de vestir, homosexuales ni bisexuales. Si nos damos cuenta, esculpir la personalidad de alguien, exclusivamente, en torno a su sexualidad, sea quizá tan retrógrado como la homofobia misma. Aquello que llamamos tolerancia es muy esquivo. Hay gente que me dice, además, como si me estuvieran haciendo un halago, “¿Eres gay? Pues no se te nota”. Y yo siempre respondo “Bueno, y a ti no se te nota que eres hetero”. Se me notará, o no se me notará, la pertenencia a un colectivo, en tanto tribu urbana, pero ser homosexual no se nota, ni se deja de notar, porque no es, como tal, más que lo que su propio nombre indica. Lo demás son construcciones, a veces impuestas desde fuera, a veces creadas por el mismo activismo.

Nuestra problemática, en estos momentos, no es muy diferente a la del feminismo. Quizá hubiera un tiempo en que publicaciones como Ragazza o Cosmopolitan se percibieran como reivindicativas, como pioneras por haber creado un espacio para el público femenino. Pero, tiempo después, y con una serie de principios en la mano, ¿quién ha dicho que a las mujeres, por el mero hecho de ser mujeres, les interese la moda? ¿o pasarse el día realizando tests sobre si saben complacer a su novio? Esas revistas tienen un público, de unas mujeres que eligen libremente recrearse en una identidad creada, y que son una minoría en comparación con las mujeres que, simplemente, son ellas mismas. Tenemos que aspirar a entender que, si una mujer es de una determinada manera, no elige ese camino por ser mujer; confiar en que ha configurado su personalidad libremente. Y nuestro destino como personas, con la igualdad legal en la mano, no está más acotado que el de cualquier persona heterosexual. Mirad, hoy está aceptado que las publicaciones para mujeres son más bien machistas, precisamente, por intentar definir lo que corresponde a las mujeres. Y habrá algún día, y quizá nosotros lo viviremos, en que los mundos propios pensados para el mundo lgtb nos resultarán igual de forzados, aunque hoy todavía sean más útiles que torpes.

En filosofía política, cuando se habla de políticas de la identidad, o de discriminación positiva, se entiende que hablamos en todo momento de medidas temporales que pretenden corregir una desigualdad, porque de eso trata la política, de cambiar las cosas. Las primeras grandes reflexiones sobre identidad y ciudadanía parten de Marx, que dijo que, para ser ciudadanos, tenemos que desistir de nuestras particularidades. Él se refería a la propiedad privada, y sobre todo, a la cuestión judía, pero es un concepto extrapolable al nuestro. Las respuestas a este planteamiento dijeron que sí, que era muy bonito, pero que en las democracias, cada vez que las personas desisten de sus particularidades, se establece una dictadura de las mayorías, y al final nos regimos todos por los cánones del hombre, blanco, heterosexual y burgués. El otro extremo, es decir, la eterna reivindicación de la diferencia, también está superado, porque en la práctica, convierte la política en un agregado de intereses egoístas, accidentales. La experiencia nos dice que las políticas de la identidad deben servir para hacernos más iguales, no para perpetuar una diferencia, sino con la esperanza de que llegue el momento en que no sean necesarias, en que puedan desaparecer con la tranquilidad de que han cumplido aquello para lo que se habían creado.

Nuestra ambición final tiene que ser que la sexualidad no se considere una categoría, que se nos perciba como personas, hasta que palabras como “homosexual”, “bisexual” o “transexual” no quieran decir nada más de lo que, estrictamente, dicen. Por otra parte, vaciar estas palabras de contenido no puede significar dejar descolgado a nadie.

¿Qué quiero decir con esto? Compañeros, ahora sí, puede que sea a nuestra generación a la que le toque decidir qué haremos con el Orgullo, si llega el día en que no sea necesario. ¿Y qué haremos? Es una pregunta difícil. Desde luego, si alguien quiere suprimirlo, va a tener a todo el tejido empresarial enfrente, porque todo hay que decirlo, en Madrid hay homofobia, pero el dinero es el dinero. Esto no me preocupa, entre otras cosas, porque a mí personalmente me encanta tener al tejido empresarial enfrente. Veréis, no sé si sonará coherente con el resto del discurso, pero no sé si estoy a favor de suprimir el Orgullo, cuando llegue ese momento. En primer lugar, porque quiero realizar un activismo coherente con su historia, y porque aquellas personas que crecieron en un mundo propio se merecen un reconocimiento que perdure en el tiempo. Aspiro a que seamos personas, a que si jugamos a las tribus urbanas, todo el mundo tenga claro que sólo se trata de un juego, pero es que hubo mucha gente antes que nosotros que sí vieron sus identidades forzadas, y para las que salir por Chueca no era la opción que es hoy, sino que era el único lugar donde podían estar a salvo. En segundo lugar, porque el Orgullo, desde hace mucho tiempo, no ha tratado sólo sobre el colectivo lgtb; me atrevería a decir que ésta ha sido sólo la excusa con la que ha crecido, y con la que se ha ganado el cariño de la gente. Con el tiempo, y según se han ido asentando algunas nociones, ha dejado de ser una reivindicación sobre las sexualidades; esta vez sí, el Orgullo trata sobre la diversidad en las formas de ser, en las filosofías de vida, en que cada uno haga la vida que quiera, independientemente de su sexualidad. Es una fiesta que, con los años, ha acabado siendo una referencia para muchísimas personas heterosexuales, porque es cuando se liberan también de lo que, como heterosexuales, se espera de ellos, y las mujeres y hombres heterosexuales, que también tienen una construcción social creada en torno a ellos, se sienten allí libres para hacer lo que quieren, para sonreír. Quizá nuestro papel, como jóvenes lgtb, no sea terminar con el Orgullo, sino simplemente, dejarlo marchar, hasta que sea de todos. Quizá ésta sea la manera de lanzar el mensaje de que los chicos que se suben a una carroza lo hacen porque quieren, y no porque su sexualidad les haya llevado, irrevocablemente a hacerlo. Quizá esta sea la manera de explicar que un chico con vaqueros y camiseta es a lo mejor más homosexual que todos los que están en la carroza juntos; o que a los hombres heterosexuales les gusta hacer la loca tanto o más que a cualquier hombre homosexual.

Nos va a tocar reinventar espacios como el Orgullo, y también espacios como Chueca, pero los reivindico como parte de la historia de este movimiento, como lugares que merecen un lugar en el recuerdo por aquello que supusieron. Aunque hoy se parezca más a un centro comercial que a un espacio de reivindicación, tampoco abogaría por desmontar Chueca. Sólo hay que reinventarlo, cambiar la mirada que hacemos sobre él. Es probable que a nuestra generación le toque establecer, como le tocó en su día a las mujeres, establecer la diferencia entre lo que somos y lo que hacemos, entre quiénes somos y quiénes jugamos a ser. Las tribus urbanas, aunque estén muy mercantilizadas, son grupos adscritos a una filosofía de vida. Si se creó, en la historia de nuestro activismo, una cultura propia, quizá sólo nos toque recordar al mundo que las culturas son eso: puntos de encuentro colectivos, más bien forzados, de los que nos apropiamos para ser más fuertes cuando lo necesitamos, y que ocupan un simpático lugar en nuestra memoria cuando la lucha ha terminado. Quizá algún día nos toque también dejar marchar Chueca, entregarlo sin miedo a la tribu urbana que se creó en torno a nosotros, una vez hayamos establecido, y aclarado, que sólo fue eso, una construcción social como cualquier otra, y que las sexualidades son otra cosa; son personales y son públicas, porque la heterosexualidad es pública, y a nadie le molesta. Pero no son una tribu urbana, aunque para crecer como colectivo, y hacernos visibles, requiriéramos unas señas de identidad. Igual que las mujeres árabes que, una vez emancipadas de su cultura, una vez saben quiénes son, eligen llevar su pañuelo libremente. No por credo, ni por religión, sino por sentido de la acción, de la reivindicación, del homenaje al lugar de donde vienen.

Compañeros, que haga un discurso optimista sobre el futuro no implica, en absoluto, que no sea consciente de que queda mucho por hacer, y que los mundos propios sigan siendo referencias más que útiles para las realidades más desfavorecidas. Antes dije que debíamos superar la tolerancia. Así es, pero también recordé que esta lucha se realiza a varias velocidades. Otra de las señas de este movimiento, y que no debe pasar de ninguna manera a la historia, es que siempre fue solidario. El bienestar en algunas ciudades no debe estancarnos, de ninguna manera. Tenemos que seguir trabajando por nosotros mismos, sea cual sea el punto en que nos encontremos, hasta la igualdad plena, pero sobre todo teniendo en cuenta aquellos lugares en que ese bienestar no existe, en que aquel mañana del que he hablado parece inalcanzable. Existen muchos lugares en los que es preciso hablar de tolerancia, porque la pedagogía es todavía imposible, donde esas culturas que para algunos de nosotros sólo son un juego, para otros son un salvavidas.

Éstos son algunos de los dilemas a los que nos enfrentamos, e imagino que se habrán ido deduciendo mis sueños mientras los iba exponiendo. Por si acaso, los reitero. Quiero una sociedad con conocimiento de causa, no una que ande perdonande vidas. Quiero que se sepa que una pareja entre dos hombres o dos mujeres es exactamente igual que cualquier otra. Quiero que ser lesbiana, gay, transexual o bisexual deje de ser una carta de presentación, y desde luego, que deje de ser un negocio. Quiero que nuestra personalidad deje de interpretarse en torno a nuestra sexualidad. En definitiva, quiero que haya tantas formas de ser lgtb como personas lgtb hay en este mundo.

Francisco Pastor

Grupo LGTB de JSM

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